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sábado, 18 de abril de 2015

Quien este libre de pecado que tire la primera piedra...



Cuenta la historia que una tarde de mayo de 1781 José Gabriel Condorcanqui, coronado como Túpac Amaru II, preguntó a su enemigo y verdugo, el visitador español José Antonio de Areche, por cuál razón se le condenaba a muerte, cuando este le contestó que por subversión, el Inca le increpó: “Entonces tú y yo somos culpables, yo por subvertir la ley del rey de Españay tú por subvertir la ley del Inca, por lo tanto ambos merecemos la muerte”.
Más allá de la lógica contenida en la respuesta del Inca, queda la reflexión sobre la misma: toda guerra contra el establecimiento supone, entre otros, el enfrentamiento de dos formas diferentes de entender y aplicar los conceptos de gobierno, justicia, economía…. Esta reflexión explica las declaraciones de Doctor Eduardo Montealegre, quien considera que el criterio con el cual el congreso escogerá cuál sistema penal se aplicará a la guerrilla no puede ser el mismo que se aplicó a los paramilitares en la Ley de Justicia y Paz, ya que estos al fin y al cabo eran parte del establecimiento del cual se declaraban sus defensores.
Y es que los pueblos americanos, desde el siglo XV, a raíz de la invasión de los barbaros venidos de Europa, han tenido una cantidad de conflictos, materializados en verdaderas guerras civiles o “de baja intensidad” o como quiera que las llamen los eruditos. Lo cual no quita el hecho de que en todas ellas se cometan crímenes horrendos o como los llaman ahora de “lesa humanidad”. Sin embargo hasta el momento (y ya han transcurrido más de 500 años) no hay culpables, por lo menos condenados o señalados, por la alcahueta, en que se ha convertido nuestra historia oficial.
Ahora a Colombia, el país con el conflicto interno más largo de América, le ha llegado la posibilidad de cerrar el ciclo bélico y reescribir una nueva historia, sin embargo comienzan a oírse las voces de quienes buscan en la prolongación del conflicto la ganancia que deja el despojo de los más débiles, porque saben que la insurgencia no aceptará el papel del malo de paseo, bien porque no lo sea y en caso de serlo no es el único.
Por lo tanto si en verdad queremos acabar con el conflicto, considerado como una más de las llamadas “guerras asimétricas”, tendremos que aceptar la simetría en la culpa. Todos los autores del conflicto desde sus orígenes hasta el día en que se firme la paz, deberán pagar el mismo precio. Y si este es la cárcel entonces habrá que pensar en ponerle cerca de seguridad a las fronteras patrias, ya que como en el pasaje bíblico: Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra, ya que acá son pocos los inocentes.
Acaso pedirá perdón y nos reparara, el gobierno español por el más espantoso etnocidio de la historia?
Quien o quienes responderán por los miles de colombianos muertos sin haber tenido la posibilidad de vivir bajo un techo digno o sin haber tenido acceso a la educación o a la salud?. Quienes repararan a los miles de niños muertos en Colombia de hambre o por culpa de enfermedades tratables, calificadas por las autoridades mundiales de salud como muertes evitables?. Quienes repararan, pedirán perdón y pagaran por los millones de desplazados, o por los miles de muertos en falsos positivos o víctimas del fuego cruzado (o como también los llaman “daños colaterales”) en esta guerra entre la subversión y el estado?.
Es lógico que del lado del estado, representado en el campo de batalla por el ejército nacional y los grupos paramilitares, hay culpables de muchos de estos crímenes, como también en la sociedad civil, hay quienes han patrocinado grupos paramilitares autores de bárbaros genocidios; también habrá que buscar culpables entre los políticos que han justificado e incluso institucionalizado el accionar de las bandas criminales, como quedo confirmado en las recientes investigaciones por la llamada parapolítica.
Igualmente habrá que espulgar y descubrir causantes de esta barbarie entre algunos ciudadanos aforados que han predicado el odio hasta el punto de exaltar públicamente la acción del paramilitarismo o de quemar libros como una expresión de odio e intolerancia.

Para colmo en una sola semana murieron 44 colombianos víctimas de la guerra (once soldados y treinta y tres guerrilleros) y aún hay quien argumente en favor de esta absurda masacre.

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