Un demonio recorre a Colombia: el demonio de la derecha. En una época de indignados, de justas protestas de ecologistas, defensores de derechos humanos, enemigos de la guerra, convocatorias para exigir el derecho a la comida, al agua y a la ración diaria de oxígeno, los mandatarios parecen haberse confabulado para ponerse de espaldas a las necesidades del pueblo.
Nos estamos acostumbrando tanto a los actos de prepotencia y demostraciones de poder de los gobernantes, que ellos actúan cada vez con mayor agresividad.
Colombia, ha visto abortar toda posibilidad de desarrollo a pesar de ser uno de los países con las mayores riquezas naturales de la región: petróleo, oro, uranio, esmeraldas, ríos, mares, maderas, diversidad étnica y cultural. Desde la invasión española, con su secuela de latrocinio, genocidio y destrucción de culturas nativas, hasta hoy, gracias a toda una historia marcada por la corrupción heredada de los filibusteros, enviados por los reyes católicos a abrir nuevos caminos comerciales, los cuales, extraviados en los hasta entonces inexplorados mares, tuvieron la suerte de encontrase con nuestro continente, lo sembraron de terror y saquearon como pago a la generosa acogida de sus pobladores.
Hoy en los albores del siglo XXI, continúan gobernando los mismos apellidos, descendientes directos de los bandidos que expulsaron al Libertador Simón Bolívar del poder y posiblemente continuaran rotándose en el gobierno, como lo señala el hecho que el próximo debate electoral se dé entre dos Santos y una López, quedando en fila los Lleras, Pastranas y Gavirias, delfines como los de hoy de la corrupción.
Cuenta la historia oral que Don Marco Fidel Suarez señalado, por su copartidario Laureano Gómez, de ser hijo natural, le respondió que él estaba orgulloso de su origen porque era hijo del amor y no de la necesidad como Gómez. Hoy, podemos decir podemos afirmar que el país está gobernado por un bastardo de la necesidad, quien por su origen no entiende la obligación de todo buen gobernante para con su pueblo, y aupado por la derecha más recalcitrante de la región decide actuar con mano dura contra el “ejercito” de hambrientos que se lanzan a la calle con la vieja consigna del liberalismo (estirpe de la cual se ufana) de “La tierra para quien la trabaja”; y con la soberbia heredada de su tío Eduardo, el revisionista de la revolución liberal del medio siglo anterior, se dirigió al país para intimidarlo después de más de veinte años con el fantasma del “estado de sitio”.
Militarización, judicialización, ley marcial, es la réplica del gobernante a quienes reclaman por la seguridad alimentaria hoy puesta en peligro por los llamados TLC y la locomotora minera del presidente, que amenaza con convertir la patria en un desierto.
En su mala fe termina el presidente señalando al senador Robledo, al movimiento político Marcha Patriótica y a las FARC de ser artífices de una protesta provocada por la incapacidad histórica de los gobernantes nacionales para proteger a los sectores más indefensos y su vocación para entregar nuestras riquezas y ahora incluso el futuro de nuestra seguridad alimentaria a las fauces de las multinacionales.