"La insurrección no es un crimen cuando ella ha llegado a ser el único medio para sacudir la opresión; pero si es un crimen no pequeño el indiferentismo que la sostiene y alimenta."
Las distintas tendencias políticas que han usufructuado el poder en
nuestro país, parece que no han tenido el interés de caracterizar correctamente
el conflicto nacional, condición sine qua non para resolverlo. Pero
definitivamente se lleva las palmas, la posición facilista de negar, incluso,
la existencia misma del conflicto con el argumento inicuo de señalar que en
Colombia solamente existe un grupo de bandidos dedicado al negocio ilícito del
narcotráfico. Sin embargo la pregunta pertinente que se le ocurre a cualquier
ciudadano del común es: ¿Porqué si la situación se reduce a un simple caso de
policía, se gastan ingentes sumas de dinero en armar un ejército que no solo se
ha tecnificado sino que además ha tenido un crecimiento cuantitativo exagerado
para un país con una grave deuda social, que no solo no se salda, sino que se
agrava por medio del expediente facilista de convertir los derechos ciudadanos
en simples servicios, los cuales, al ser dejados en manos de empresas
particulares incrementan su costo excluyendo a grandes grupos sociales de su
beneficio?
Toda guerra tiene un interés político y económico y es consecuencia de
la aspiración de determinada clase social o de grupos fundamentalistas
religiosos o étnicos, por lograr el poder e imponer su dominación ideológica.
Tratar de encontrar un conflicto de la naturaleza del colombiano sin este tipo
de motivaciones, es un ejercicio vano y estéril.
Señalar que los insurgentes son simples agentes del terrorismo
internacional, es un argumento pueril, la guerra ante todo es la actividad
humana que se vale del conocimiento, el capital y toda clase de herramientas
tecnológicas para ejercer el terror y la destrucción del rival. La conducta
aberrante que se le encara a la guerrilla colombiana, no es peor que la recompensa
entregada a nombre de una nación, al asesino que ofrece, como prueba reina de
su acción, el brazo o la cabeza de su víctima. Tampoco es menos horripilante la
política de un gobierno que mediante dadivas incita a quienes deben proteger
los derechos ciudadanos a convertirse en bestias capaces de asesinar inocentes
para disfrazarlos de insurgentes y luego usar el ambiguo termino de “falsos
positivos” y no el termino real: ASESINATO o crimen de estado.
Acusar a la insurgencia de engañar y de usar armas no convencionales es,
por decir lo mínimo, cínico. Las armas utilizadas por cualquier bando dentro de
un conflicto tienen el objetivo de matar, mutilar y causar terror en la filas enemigas.
Un AK-47 es tan mortal y destructivo como lo es un cilindro de gas, una mina
quiebra-patas o un misil. Dentro del amplio arsenal de guerra está también el
engaño, la traición y la mentira, sin estos elementos no hubiera sido exitosa
la publicitada “operación jaque”.
Quizá el argumento gubernamental con mayor peso es el que señala que la guerrilla
ha perdido su norte político y además se ha convertido en un grupo de
desalmados narcotraficantes. Pero aun este argumento es bastante controvertido,
puesto que para nadie es un secreto que la guerra es una actividad de alto
costo, especialmente en esta época de sofisticación tecnológica. Esta razón ha
llevado, incluso a países ricos, a echar mano del lucrativo negocio de la droga
como una forma de financiación, idea que no es originaria de la guerrilla
colombiana ya que existe el antecedente en los años 70 y 80, cuando los
servicios de inteligencia de los Estados Unidos, no dudaron en echar mano de
este jugoso negocio para sostener a los grupos armados enviados a
desestabilizar la, por esa época, joven revolución Sandinista en la república
de Nicaragua.
Es posible que la metodología de la guerra de la subversión colombiana
se haya vuelto más violenta (si es que pueda existir una acto más violento que
otro dentro de la dinámica de una guerra), lo cual no es una particularidad
exclusiva del movimiento insurgente local, ya que su contraparte, con todo el historial
de desapariciones forzosas, “falsos positivos”, satanización de la protesta
social con su zaga de muerte entre las filas de los sindicalistas, activistas
sociales, partidos de oposición, etc., tiene también una gran culpabilidad en
la degradación del conflicto.
Justamente esta “macabralización” del conflicto colombiano debe ser un
argumento para buscar la salida urgente de una guerra que solo cobra victimas
en el sector cuyo favorecimiento dicen buscar tanto las fuerzas insurgentes,
como las estatales.