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miércoles, 25 de abril de 2012

ARGUMENTOS QUE MATAN


"La insurrección no es un crimen cuando ella ha llegado a ser el único medio para sacudir la opresión; pero si es un crimen no pequeño el indiferentismo que la sostiene y alimenta."

Ramón Matías Mella  


Las distintas tendencias políticas que han usufructuado el poder en nuestro país, parece que no han tenido el interés de caracterizar correctamente el conflicto nacional, condición sine qua non para resolverlo. Pero definitivamente se lleva las palmas, la posición facilista de negar, incluso, la existencia misma del conflicto con el argumento inicuo de señalar que en Colombia solamente existe un grupo de bandidos dedicado al negocio ilícito del narcotráfico. Sin embargo la pregunta pertinente que se le ocurre a cualquier ciudadano del común es: ¿Porqué si la situación se reduce a un simple caso de policía, se gastan ingentes sumas de dinero en armar un ejército que no solo se ha tecnificado sino que además ha tenido un crecimiento cuantitativo exagerado para un país con una grave deuda social, que no solo no se salda, sino que se agrava por medio del expediente facilista de convertir los derechos ciudadanos en simples servicios, los cuales, al ser dejados en manos de empresas particulares incrementan su costo excluyendo a grandes grupos sociales de su beneficio?
Toda guerra tiene un interés político y económico y es consecuencia de la aspiración de determinada clase social o de grupos fundamentalistas religiosos o étnicos, por lograr el poder e imponer su dominación ideológica. Tratar de encontrar un conflicto de la naturaleza del colombiano sin este tipo de motivaciones, es un ejercicio vano y estéril.
Señalar que los insurgentes son simples agentes del terrorismo internacional, es un argumento pueril, la guerra ante todo es la actividad humana que se vale del conocimiento, el capital y toda clase de herramientas tecnológicas para ejercer el terror y la destrucción del rival. La conducta aberrante que se le encara a la guerrilla colombiana, no es peor que la recompensa entregada a nombre de una nación, al asesino que ofrece, como prueba reina de su acción, el brazo o la cabeza de su víctima. Tampoco es menos horripilante la política de un gobierno que mediante dadivas incita a quienes deben proteger los derechos ciudadanos a convertirse en bestias capaces de asesinar inocentes para disfrazarlos de insurgentes y luego usar el ambiguo termino de “falsos positivos” y no el termino real: ASESINATO o crimen de estado.
Acusar a la insurgencia de engañar y de usar armas no convencionales es, por decir lo mínimo, cínico. Las armas utilizadas por cualquier bando dentro de un conflicto tienen el objetivo de matar, mutilar y causar terror en la filas enemigas. Un AK-47 es tan mortal y destructivo como lo es un cilindro de gas, una mina quiebra-patas o un misil. Dentro del amplio arsenal de guerra está también el engaño, la traición y la mentira, sin estos elementos no hubiera sido exitosa la publicitada “operación jaque”.
Quizá el argumento gubernamental con mayor peso es el que señala que la guerrilla ha perdido su norte político y además se ha convertido en un grupo de desalmados narcotraficantes. Pero aun este argumento es bastante controvertido, puesto que para nadie es un secreto que la guerra es una actividad de alto costo, especialmente en esta época de sofisticación tecnológica. Esta razón ha llevado, incluso a países ricos, a echar mano del lucrativo negocio de la droga como una forma de financiación, idea que no es originaria de la guerrilla colombiana ya que existe el antecedente en los años 70 y 80, cuando los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, no dudaron en echar mano de este jugoso negocio para sostener a los grupos armados enviados a desestabilizar la, por esa época, joven revolución Sandinista en la república de Nicaragua.
Es posible que la metodología de la guerra de la subversión colombiana se haya vuelto más violenta (si es que pueda existir una acto más violento que otro dentro de la dinámica de una guerra), lo cual no es una particularidad exclusiva del movimiento insurgente local, ya que su contraparte, con todo el historial de desapariciones forzosas, “falsos positivos”, satanización de la protesta social con su zaga de muerte entre las filas de los sindicalistas, activistas sociales, partidos de oposición, etc., tiene también una gran culpabilidad en la degradación del conflicto.
Justamente esta “macabralización” del conflicto colombiano debe ser un argumento para buscar la salida urgente de una guerra que solo cobra victimas en el sector cuyo favorecimiento dicen buscar tanto las fuerzas insurgentes, como las estatales.