"Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo."
Voltaire
Marx, tenía razón cuando escribió la anterior frase, la cruenta Revolución Francesa, que dio término a los días de la sociedad feudal, sometida a la prolongada preñez del engendro capitalista, lo corrobora. Lo que le faltó a Marx, fue describir como en medio de la violencia del parto, la madre siempre debe morir para dar paso al nuevo ciclo histórico. Ni Marx con esta frase, ni Mao Tse Tung, cuando planteó que “El poder nace del fusil”, se propusieron instigar la violencia de clases; ellos solamente sirvieron de notarios de algo que ha venido sucediendo en forma cíclica desde la aparición del hombre en la tierra.
La guerra es junto al trabajo una de las actividades propias y distintivas de la especie humana, ninguna, de las demás especies, tiene su capacidad para planificar en forma conciente y razonada labores productivas, pero tampoco ninguna planifica en forma conciente y racional la eliminación de su propia especie. Como fenómeno social es comprensible el uso de la guerra como método de relación humana, ya que esta atada en forma indisoluble a la necesidad atávica de manejar, usufructuar e incrementar el poder.
Las leyendas en todas las culturas nos permiten presumir que casi desde su separación de la familia de los Hominoideos, el Homo sapiens desarrolló el concepto del poder como un don entregado por los dioses, para disfrute de los elegidos.
En la mitología judeo-cristiana, Jehová (dios), le entrega al hombre un poder absoluto sobre todo lo existente, dándole al mismo una connotación violenta al autorizarlo a reinar sobre las demás especies aún a costa de la supervivencia de estas, tarea que ha venido cumpliendo con laboriosa solicitud y particular furor, desarrollando otra de las característica de la especie: la capacidad de ejercer el terrorismo contra los demás, especialmente contra lo diferente. Es así como Caín, se hace fraticida para posibilitarse el monopolio del poder. Abraham, padre de las tres religiones más importantes de occidente, se hace filicida (sino por acción si por intención) para mantener los lazos directos con la fuente del poder (Jehová). El reemplazo de Moisés, Josué, desarrolla toda una guerra de terror y de genocidio, contra el pueblo cananeo, en cumplimiento de una orden directa de un dios que solo habla inspira y reviste de poder a los dirigentes del pueblo israelita; todavía hoy en día sus descendientes continúan “su misión histórica y divina”. Sin olvidar que fue el propio Jehová el padre de la combinación de todas las formas de lucha, quien decide utilizar la violencia como expresión del poder divino: la muerte de los primogénitos de las familias egipcias compite en salvajismo e impiedad con la matanza de inocentes decretada siglos después por Herodes o con destrucción de Sodoma y Gomorra y es un acto tan criminal como la destrucción de Hiroshima y Nagasaki decretada por otro profeta del terrorismo en la primera mitad del siglo XX.
“Si vis pacem, para bellum”
Vegecio
El 12 de octubre de 1492, marca el inicio de la guerra de despojo aupada por la ambición del imperialismo español para incrementar su poder en Europa y por la extraña decisión de un dios ajeno, de imponer sus dogmas a golpes de espada, protagonizando el mayor etnocidio (y latrocinio) del que se tenga memoria en la historia de la humanidad sin que hasta ahora se haya iniciado un programa de verdad y reparación por parte de las altas cortes europeas, celosas guardianes de la justicia internacional, ni tampoco por parte de los “baltazares” que opinan, catalogan, tachan y descalifican a los otros terroristas a nombre de los reyes modernos, designados como los anteriores por la divina providencia y respaldados por la indiscutible fuerza de los poderes imperiales.
La primera mitad del Siglo XIX en nuestra América, se caracteriza por la violenta guerra de liberación, a muerte, con conductas terroristas, con fusilamientos sin formula de juicio, como cualquier guerra en donde se disputan posiciones de poder.
"El operativo tuvo la luz del Espíritu Santo y la protección de nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen en todas sus expresiones"
El Ubérrimo
Ignorar que en nuestro país, no hay un conflicto grave, vergonzoso, es una pretensión ridícula por decir lo menos. El conflicto existe no solamente en el seno de todos los países americanos, sino también en los europeos, africanos, asiáticos y sus protagonistas e instigadores no son solo las FARC, la ETA o el IRA, sino también quienes patrocinan la muerte por hambre de los niños de nuestro Choco, y de los más de diez millones que también mueren de hambre y de sed en el África, o en los cinturones de miseria de las grandes urbes de los países subdesarrollados y también de los desarrollados; son, instigadores y culpables de violencia y terrorismo, quienes permiten que millones de hombres y niños mueran sin haber conocido la comodidad de un techo o el aula de una escuela. Negar que esto sean formas de terrorismo, es o cinismo o ignorancia, y no podemos creer que sean ignorantes los dirigentes y personajes políticos quienes han tenido la posibilidad de formarse en las mejores universidades del mundo.
Es necesario “separar la paja de la espiga”, con el fin de poder definir prioridades. Es de personas razonables proponer que deben resolverse las causas para evitar los efectos.
El terrorismo es el arma de guerra tanto de los poderosos como de los menos poderosos. Algunos lo definen como el acto demencial que utiliza armas no convencionales de destrucción masiva, perogrullada que da argumentos a los terroristas de ambos bandos ya que en la descripción encajan tanto los misiles sofisticados, que no respetan líneas fronterizas y depredan sin distinción ni consideración todo lo que haya a su alcance (respetando únicamente los PC personales), como las minas quiebra-patas que no distinguen entre un combatiente o un trabajador agrario.
Siendo el propósito de la guerra la eliminación física, cultural y social del opositor, no podemos menos que condenar a todos los actores armados y desarmados del conflicto, incluyéndonos. Por ser la guerra el perverso método de que se sirve el hombre para obtener o conservar el poder, conviene por el bien del futuro condenar la guerra, descalificar a los guerreros y comenzar a cambiar el método de comunicación entre los diferentes sectores de la sociedad por otro más civilizado, como podría ser: el dialogo y un pacto social más justo como condición “sine cua non” de convivencia y desarrollo.
Condenar a uno de los protagonistas del proceso bélico no conduce a la paz, solo tiene una connotación formal e incompleta de dejar constancias históricas inanes. Se hace imprescindible, también, la condena y la descalificación de los iluminados del siglo XXI, herederos del fundamentalismo religioso de la edad media, nuevos profetas fundadores de la curiosa y peligrosa “teología del terrorismo” que pretenden ver la mano de dios en cada una de sus propias manifestaciones bélicas.